El galgo sin nombre tiene por urna el asfalto y por mortaja el llanto.

De esta forma podría empezar un pretendido poema fúnebre al galgo de la fotografía ¿Pero quién necesita poemas? ¿A quién le sirven las lamentaciones? ¿Alguien de verdad cree en el puto arco iris?

El galgo sin nombre murió solo en una carretera llevando a cuestas un pasado de suplicios y soledades. Y hay miles como él, decenas de miles que tienen su metro cuadrado de asfalto reservado en la autovía que los verá agonizar.Y mientras nosotros seguimos escribiendo versos espantosos y odas cursis al galgo sin nombre, los malos están ganando: los palurdos de la gorra calada en cerebros primarios tienen la bendición de la Junta de Andalucía para torturar a sus galgos arrastrándolos atados a vehículos a motor al amparo de la legalidad.

La unidad en la lucha, el grito coordinado, miles de puños en un único puñetazo sobre la mesa, una sola voz desde millones de gargantas es lo que necesitan nuestros galgos, más allá, mucho más allá de los golpes de pecho.

El galgo sin nombre quizás no estaría muerto si un ejército de voluntades hubiera luchado en su nombre bajo una sola bandera.

Pero y digamos lo que digamos el dolor está ahí de tan antiguo y no queda otro remedio que gritarlo, y en este caso nombrando a los compañeros anónimos y silenciosos a los que se les clavaron las lágrimas al encontrarse con la muerte en el arcén: Blanca, Víctor, José María y Carmen R., compañeros, para vosotros todo el cariño y el respeto de tanta gente buena que ahora mismo nos está leyendo.