foto_miconaEn un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no puedo acordarme, salió al paso del Caballero de la Triste Figura la princesa Micomicona. Quería pedirle que la socorriese para recuperar su trono, enfrentándose al gigante Pandafilando de la Fosca Vista, que se lo había arrebatado. A cambio, se quedaría con él para siempre.

También la nuestra era una triste figura cuando Micona salió a nuestro paso una soleada mañana del mes de enero, poco después de unas vacaciones de Navidad en las que tu ausencia se nos había hecho insoportable. Nosotros, en realidad, queríamos adoptar a otro perro. Uno más grande. Pero ella nos escogió. Se subió a los brazos de Jaime. Más tarde a los míos… y de ahí ya no ha querido bajarse nunca.

      Micona es pequeña, peluda, suave, tan blanda por fuera que se diría toda de algodón, que no lleva huesos. Pero por dentro tiene acero. Es lista y siempre encuentra la manera de hacernos saber lo que quiere. Cuando la encontraron mal llevaba su vida en una fábrica de plásticos en el antiguo Reino de Almería. Una camada de cachorros en su vientre, la picadura de una garrapata (causante de su erliquia), y una enorme tristeza es todo cuanto trajo consigo. Ella nada nos ha querido contar de su vida anterior. Aunque, cuando la vemos enloquecer por un trozo de pan o por el olor de una lata de atún, no podemos evitar imaginarla rebuscando en la basura. Y, cuando me pide insistentemente que le dé alguna fresa, me sonrío pensando en sus orígenes. Sin embargo, no todos parecen recuerdos dulces. Más de una vez, al verme ponerme el cinturón, ha salido huyendo asustada. Y cuando escucha algún estruendo procedente de la televisión, corre a esconderse debajo de la mesa o a refugiarse en nuestros brazos. Las primeras semanas también tenía mucho miedo a quedarse sola. Sin embargo, gracias a David y a sus conjuros de Bach y de Óscar Mayer, ya hemos logrado que supere sus temores. Él conoce múltiples tretas para luchar contra gigantes. No en vano, en su día consiguió vencer nada menos que a Goliat.

      Ella nunca nos habla de su vida pasada, en el Reino de Almería. Pero unas curanderas amigas que habitan en la Cueva de la Menga saben por sus cicatrices que tiene unos tres años y que ha dado a luz un par de veces. Con infinita paciencia, ellas la han curado de la erliquia y les estamos muy agradecidos. También quisiéramos dar las gracias a Francisco, que la depositó con confianza en los brazos de Jaime. Y a Marta y a su madre, que la cobijaron un tiempo y nos la trajeron en su carruaje. Y a Ester, que le dio el mejor Refugio y, con él, una vida distinta. Y a Jenny, que ha estado dándonos consejos y ayudándonos en todo momento. Y a Agu, que también la quiso desde el primer instante. Y, por supuesto, a Mari que, solícita, nos lleva en su carro a todas partes. Y a mamá, que siempre la llena de mimos.

    Gracias a todos estos amigos, poco a poco estamos consiguiendo vencer al gigante Pandafilando. Este me acecha, sobre todo, por las mañanas. Se esconde sigilosamente entre la bruma del sueño y, cuando esta se esfuma, ¡zas! me asesta un tremendo golpe que me deja inmovilizada en la cama. Pero entonces viene Micona, presta a salvarme. Y agita su rabo-espada. Y trepa colchón arriba. Y me lame los pies, y las manos, y la cara. Hasta que me libera de las lágrimas y, con ellas, del sortilegio del gigante. Solo entonces me doy cuenta de que tengo fuerzas suficientes para levantarme y afrontar el nuevo día. Un día más sin ti.

    A veces te imagino jugando con ella, o dándole de comer disimuladamente por debajo de la mesa, como hacías con Leonard cuando yo era pequeña. Por cierto, ¿qué tal está? Todos los días me acuerdo de los dos y os imagino allá arriba, saltando por esas nubes de algodón de azúcar. Estoy segura de que él te hace mucha compañía y eso me consuela. Pero a ratos. Me consuela solo a ratos. Otras veces me dejo llevar por los recuerdos y tiene que venir Micona a sacarme del ensimismamiento, moviendo su rabo-tambor. En alguna ocasión Jaime me ha sorprendido incluso evocando el tono de tu voz, e imitando los gestos que hacías al bromear con tu Keko. En esos casos Jaime nos abraza a las dos fuerte, muy fuerte, para evitar que el gigante venga y nos ataque.

    Jaime es también un gigante. Pero es un gigante bueno y, aunque él no lo sepa aún, un gigante-niño. Cuando corre junto a Micona el tiempo retrocede. Gracias a ella he podido conocer al Jaime-niño, capaz de inventar mil y una aventuras en los jardines de Herculano. Ella le sigue a todas partes, con el rabo arqueado en forma de interrogante. Y yo les voy a la zaga, cubriéndoles a los dos la retaguardia. No vaya a ser que aparezca Pandafilando y nos ataque, a traición, envolviéndonos con su tristeza. Solo entonces conseguimos que Jaime se olvide, aunque sea por un rato, del Caballero de la Triste Figura, y de El Lazarillo, y del vate cordobés, y del poeta marrano, y de sus indagaciones infinitivas en viejos manuscritos.

   De hecho, cada vez estoy más convencida de que, en realidad, Micona ha venido a salvarnos a nosotros. Al igual que hizo Dorotea, quien, de acuerdo con el cura y el barbero, se prestó a fingir que era la princesa Micomicona para hacer entrar en razón a Alonso Quijano, el Bueno, y librarlo así de los encantamientos a los que lo habían sometido las novelas de caballerías. Ahora estoy segura de que Micona, que en su vida anterior respondía por el nombre de Elvira, aquella mañana de enero contempló a lo lejos nuestra triste figura y quiso venirse con nosotros, para guiarnos en busca de su reino perdido. No te preocupes, papá. Ahora sé que vamos a estar bien, porque allí no hay gigantes. Solo molinos. Molinos que se mueven continuamente para ahuyentar la pena. Además, Micona nos protege.

 

                       Jaime y Ana